El problema Es-cultura


Déficit de obras escultóricas públicas en Ibagué, saqueo y vandalismo afectan el ornato.

 

 

¿Tiene claro cuántas esculturas engalanan a Ibagué?, ¿Quiénes son sus autores? ¿Cuál fue la técnica empleada para su elaboración?

Probablemente el 99 por ciento de las personas que lean esta nota no sabrá dar una respuesta a estas preguntas, y la razón es simple: no existe un inventario actualizado.

Ese es un parte del panorama que desdibuja el valor otorgado por los ciudadanos y las autoridades al trabajo artístico y cultural de maestros como Enrique Saldaña, Julio Fajardo, Pedro Cabrera, María Victoria Bonilla y Ólmer Rojas, estos últimos que consideran que la capital es tolimense necesita más «arte que edificios».

Esta dupla de talentosos exponentes del arte tridimensional está convencida de que en Ibagué, también de poco interés por la creación de espacios públicos, los que son necesarios para los valores culturales, persiste un alto déficit escultórico, que impide que el transeúnte se convierta en un obstáculo. improvisado paseo por las principales vías o escenarios en un viaje fantástico entre mitos, leyendas, hechos y personas reales plasmados en ornatos que, sin importar su apariencia, dotan el carácter de los espacios que albergan.

Para María Victoria ‘Totoya’ Bonilla, la Musical necesita que sus habitantes se apersonen de la espiritualidad que transmiten estas «manifestaciones artísticas de la humanidad». «Duele sabre que todos los gobiernos de turno el tema no les importado», dice.

Entre tanto, Ólmer Rojas cuenta que al hacer un recorrido mental no se encuentra sino que funciona en las obras recientes: ‘Sonoridad espacial’, de Enrique Saldaña, que desde 2014 se puede admirar en la calle 10 entre carreras Tercera y Cuarta, y ‘Instrumento de sol’ ‘, de Pedro Cabrera, que desde 2012 ocupa un lugar especial en la plaza Manuel Murillo Toro.

La poca producción, derivada de la falta de apoyo económico a los escultores, relata Rojas, hace quince años atrás, cuando se trata de un grupo de artistas cubanos para visitar su tierra, y al llegar a la misma cuestión de trabajo plástico de volumen lo único «La Bambuquera», el «Monumento a las Telecomunicaciones», «El Boga», el Libertador Simón Bolívar, la representación de Andrés López de Galarza y ​​el «Monumento a la Música», mole en concreto como ‘el adefesio de la música’, estos dos últimos cambiados de lugar; el primero, trasladado al viaducto del Sena, y el segundo, a la calle 83, donde finalmente fue demolido.

De ese tiempo a la fecha, la situación narrada no ha cambiado mucho, pues en la zona céntrica, la mayor circulación y visitantes, y que posee el número más alto de obras, se unen en Boga, esculpido por Julio Fajardo, las piezas ‘Traslación’ y ‘Ballet azul’, del antioqueño Gustavo Vélez, en homenaje a Julio Fajardo; ‘Juan Pablo II’, de Enrique Saldaña; ‘Rocío de la mañana’, del coreano Yum Si Kwon; ‘Las columnas’, del coreano

Choi Sung Chul, y ‘Loto’, de Germán Botero, en su mayoría esculturas que dan vida al Museo al aire libre, levantado sobre el Eje Cultural de la calle 10, en un trabajo dirigido en 2010 por el Museo de Arte del Tolima.

Este corto recuento demuestra que el autodidacta artista no está alejado de la realidad, pues en tres años la producción ha sido escasa, ni siquiera se podría decir que hay una obra por año, pues la mayoría fue desarrollada en una misma vigencia.

En su caso, según cuenta, pese a los múltiples intentos solo se logró para un proyecto: la fabricación de las esculturas que hacen honor al parque de la música, que fabricó con el mínimo presupuesto y en tiempo compartido, un mes y medio de la inauguración de este escenario.

A través de seis obras de tamaño real, elaboradas en 2007 en la técnica del hierro soldado, y bajo los títulos de ‘El Bonguero’, ‘El Tamborero’, ‘El Trompetista’, ‘El Guitarrista’, ‘La Violinista’ y ‘ La Flautista ‘, Ólmer Rojas logra con su creación ofrecer un recital las 24 horas.


¿Sin dolientes?

A la baja producción, se suma un problema más y quizás hasta doloroso para los artistas: que sus obras se deterioran por falta de mantenimiento o por restauraciones improvisadas, como la práctica en repetidas ocasiones a ‘La Bambuquera’, de  ‘Totoya’ Bonilla , pieza de la que ya no está ni rastros del granito en que fue elaborada.

Hoy tiene un aspecto de una figura de yeso, una raíz de las manos de pintura que ha bañado y borrado en parte el sello personal de su autora, el que tiene dolor que crea su creación «ha sido ultrajada».

A los factores como el paso del tiempo, el clima y las intervenciones efectuadas con desconocimiento, que llevan al detrimento del ornato artístico de la ciudad, hay que agregar un causante aún más voraz: la falta de cultura ciudadana. Pocas obras han sido ajenas a los ataques de vándalos, muchos de los cuales por satisfacer su ego las han pintado, rayado y, en el peor de los casos, hasta saqueado.

En síntesis, duele reconocerlo, pero el abandono del que podría ser más atractivo para  el visitante y un orgullo para el residente, es de todos. Si bien lo dice Ólmer Rojas, algunas administraciones han sido ajenas y negligentes por conservar el ornato, y han cuidado con la intención de buscar la ciudad con las obras públicas, la comunidad debe actuar como vigilante y promotor de la conservación, cambiando la idea de que «lo público no es de nadie, por lo público es de todos».

 

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